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CELAM 2007
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GLOBALIZACIÓN Y EVANGELIZACIÓN
Jorge Larraín
Sociólogo, Vicerrector Académico de la Universidad Alberto Hurtado, Director de la Revista Persona y Sociedad
La globalización es un fenómeno complejo que requiere ser abordado con matices. Aunque se la experimenta en bloque al modo de una amenaza externa a una identidad o sustrato católico ya constituido, el autor postula que entre globalización y evangelización hay concomitancias, como la pretensión de universalización y la compresión del espacio tiempo. Se incurre en el error frecuente de confundir cultura e identidad, y evangelización de la cultura con inculturación del evangelio. Si se consigue evitar ese error, entonces se abre un espacio que permite mirar más sutilmente las experiencias históricas de evangelización en nuestro continente, hacer luz sobre sus virtudes y defectos, y proponerse discriminar entre elementos positivos y negativos de la globalización en la modernidad tardía, con vistas a una evangelización que no atiende primordialmente a establecer formas, normas o estructuras institucionales o de poder, sino a la conversión interior de personas dotadas de una mayor conciencia de su autonomía y su libertad.
Introducción
La sección sobre globalización del Documento
de Participación Hacia la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano
y del Caribe tiene muchos aciertos. De partida se afirma
la multidimensionalidad de la globalización
y no se la reduce a un mero fenómeno económico
como es tan común en la prensa y medios empresariales.
En segundo lugar, plantea muy acertadamente
que “la globalización no es un fenómeno rígido
e invariable y que no está definitivamente
determinada”, que hay aspectos positivos
y negativos y que será “aquello que nosotros
hagamos de ella”. Señala los efectos integrativos
positivos pero también las tensiones y asimetrías
que ella produce en la práctica. Constata
el surgimiento de reacciones defensivas en
varios lugares que buscan proteger la identidad
cultural y los derechos humanos y plantea
que si bien se ha avanzado positivamente
en las comunicaciones, enriqueciéndose el
saber y aumentando el intercambio de conocimiento,
por otro lado también se “ha transferido
una cuota importante de poder a los dueños
de los medios y a los mismos comunicadores”.
Quizás el único lugar donde el texto no está
a la altura es cuando en el número 121 revierte
a la típica posición defensiva, que aparece
también en otras partes del documento, al
hablar de la globalización asimétrica de
antivalores que está produciendo una revolución
en la cultura y alterando la identidad cultural
de todos los pueblos. No hay un intento por
distinguir entre cultura e identidad y se
hace el supuesto, equivocado, que todo cambio
cultural afecta la identidad. Más aún, reduce
los elementos culturales afectados, a los
valores de la familia, el matrimonio, la
heterosexualidad y la identidad y misión
de la mujer, en una visión sesgada que confunde
lo cultural con los valores tradicionales
cristianos.
Es importante hacer una distinción entre
cultura e identidad. La cultura es algo más
general porque incluye todas las formas simbólicas
y la estructura de significados incorporados
en ellas. La identidad es en cambio algo
más particular, porque implica un relato
que utiliza sólo algunos de esos significados
presentes en las formas simbólicas mediante
un proceso de selección y exclusión. La cultura
nunca tiene la unidad y estabilidad que tiene
una identidad y sus componentes simbólicos
son normalmente de orígenes muy variados.
Las culturas son sistemas relativamente abiertos
compuestos por una gran cantidad de significados
y formas simbólicas de variados orígenes
y permeables a nuevas formas simbólicas y
significados que provienen de otras culturas,
especialmente en la época de la globalización,
donde los contactos se han intensificado
fuertemente. Así por ejemplo, formas musicales,
arquitectónicas, televisivas, literarias
y gastronómicas de las más variadas culturas
entran hoy con relativa facilidad en otras.
Lo que no significa necesariamente que afecten
la identidad colectiva de esas sociedades,
aunque es posible que a la larga en algún
aspecto puedan hacerlo. La identidad a su
vez, aunque sea un discurso, tiene mucha
mayor estabilidad en el tiempo que la cultura.
Porque no es cualquier discurso; es un destilado
narrativo de modos establecidos y sedimentados
de vida. De allí que la cultura cambia más
rápido que la identidad.
Sin embargo, creo que el mayor problema del
texto no está tanto en lo que acabo de mencionar
como en una gran omisión. Se echa de menos
una reflexión más profunda sobre los desafíos
que la globalización presenta a la evangelización.
Se debería haber discutido cómo las nuevas
condiciones en América Latina determinadas
por la globalización están influyendo en
la receptividad de la gente a la evangelización,
si se requiere o no de un cambio hacia una
concepción de la evangelización que se adapte
mejor a las nuevas circunstancias. Considerar
sólo el impacto de los antivalores que llegan
desde afuera como la única novedad que afecta
al cristianismo, es reducir el problema a
una causalidad extrínseca y evitar analizar
los problemas e insuficiencias que ha tenido
la propia evangelización del continente y
que el advenimiento de la modernidad y la
globalización crecientemente ponen de manifiesto.
Por esta razón, en el resto de este trabajo
me separaré del texto mismo del Documento
de Participación para intentar aportar algunas
ideas que puedan conducir al análisis que
creo que falta.
Procederé en cuatro etapas. Primero pondré
en relación brevemente la globalización con
la inculturación del evangelio en la historia.
En segundo lugar trataré el tema de la primera
evangelización en América latina. En tercer
lugar me haré la pregunta sobre qué es evangelizar
y cuál es la relación entre evangelización
y valores. En cuarto lugar, propondré algunas
ideas acerca de cómo la globalización en
la modernidad tardía afecta la evangelización.
Gobalización e inculturación del evangelio
En la definición de globalización los sociólogos
han hecho referencia a dos fenómenos importantes.
Por un lado, Anthony Giddens destaca “la
intensificación de las relaciones sociales
universales que unen a distintas localidades
de tal manera que lo que sucede en una localidad
está afectado por sucesos que ocurren muy
lejos y viceversa” (1). Por su parte, David
Harvey pone el acento en que la globalización
es el resultado de la compresión del espacio-tiempo
que se produce por la aceleración de los
ritmos de vida y de cambio social y por la
superación de las barreras espaciales (2).
Se puede ver que entre la iglesia y la globalización
existe una cierta sintonía. Primero porque
en una dimensión de fe, el hecho de que lo
que sucede en un lugar pueda tener un impacto
universal ya ocurrió con la muerte y resurrección
de Jesús en Palestina antes de la era de
la globalización. Este acontecimiento, como
hecho teológico fundamental, tiene un impacto
universal no sólo hacia el futuro sino que
también hacia el pasado, cubre toda la historia.
A riesgo de caer en un concordismo simplista,
podría decirse que en este hecho esencial
la compresión espacio-tiempo alcanza su punto
máximo, en el cual tiempo y espacio desaparecen.
Segundo, porque en una dimensión sociológica,
la vida y las enseñanzas de Jesús narradas
por los evangelios, tienen también efectos
que suceden en el espacio-tiempo (historia)
y que evocan un proceso de globalización
avant la lettre. Los discípulos son enviados a anunciar
el reino de Dios hasta los confines de la
tierra cuando Jesús les dijo
Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, bautícenlos para consagrarlos al Padre
y al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles
a poner por obrar todo lo que les he mandado.
Y sepan que Yo estoy con ustedes todos los
días hasta el final de los tiempos (Mt 28, 18-20).
Podría decirse entonces que en el cristianismo
siempre ha existido, desde el primer momento,
una vocación globalizadora del mensaje de
Jesús. Así como Giddens dice que la modernidad
es inherentemente globalizante por las nuevas
relaciones sociales a distancia que es capaz
de promover, el cristianismo es también inherentemente
globalizante por su misión fundamental de
expandirse por todo el mundo. Pero, por supuesto,
esta vocación globalizadora comienza en épocas
en que la globalización propiamente tal (que
surge en la modernidad tardía) todavía no
existe.
¿Cómo se realiza esta expansión globalizadora
del cristianismo? Debemos partir de un principio
que Fernando Verdugo ha expresado bien: “nadie
puede hablar desde fuera de una cultura,
ni siquiera la Iglesia por más que sea portadora
de un mensaje de salvación universal” (3).
En un comienzo la fe, empapada de formas
culturales judías, se difundió dentro de
la cultura greco-romana. En el primer núcleo
cristiano hubo ya discusiones sobre si la
circuncisión y otras prescripciones legales
judías eran exigibles a los no judíos y como
se recordará hubo algunas disputas, que en
definitiva favorecieron a la posición
más abierta a la universalidad del cristianismo
representada por San Pablo. Había que distinguir
entre lo central del mensaje evangélico (expresable
y sólo cognoscible a través de formas culturales
específicas) y los elementos culturales judíos
no esenciales. La evangelización, que se
hizo desde abajo y sin tener el apoyo del
poder político, requería convencer y persuadir
a los miembros de la cultura greco-romana
y para esto había que expresar el núcleo
del mensaje de Jesús desde dentro de esa
cultura. No es menor el hecho de que algo
tan fundamental como los evangelios se escribieran
en lengua griega y no en hebreo o arameo.
En este caso se podría hablar de una verdadera
inculturación del evangelio en una cultura
distinta.
Con la caída del imperio romano, la fe es
nuevamente desafiada a inculturarse en el
mundo germánico. Pero ahora, desde que Constantino
y Teodosio, dándose cuenta de las ventajas
unificadoras y centralizadoras que el cristianismo
podía ofrecer a una unidad política, convierten
al cristianismo en la religión oficial del
imperio, la inculturación por convencimiento
y conversión va siendo complementada y crecientemente
reemplazada por la imposición política. Cada
vez más la identidad religiosa queda definida
por la pertenencia a una comunidad política:
Cuius regio eius et religio. Esto abre la etapa de la Cristiandad, dentro
de la cual la inculturación del evangelio
desde abajo, adaptándose a las categorías
de la cultura recipiente, pierde preponderancia,
mientras el poder del rey, legitimado en
su autoridad por el cristianismo, pasa a
ser determinante en su expansión.
Se podría sostener que la última evangelización
que todavía tiene importantes elementos de
inculturación desde abajo es la de Escandinavia,
entre los siglos IX y X. A partir de allí
se pierde realmente por un largo tiempo la
capacidad de inculturación del evangelio,
debido a que el cristianismo deja de expandirse.
Las cruzadas y luchas contra los moros no
tuvieron fines evangelizadores del Islam,
sino más bien pretendían la recuperación
de territorios y la erradicación de los árabes
de los lugares Santos y de España. Y este
hecho tiene mucha importancia para entender
la manera como los españoles y portugueses
afrontaron la evangelización de sus nuevas
conquistas americanas a partir de 1492.
La primera evangelización en América Latina
No puede sorprender entonces que la conquista
de América por los españoles se realice acompañada
de una cristiandad que ha perdido la práctica
de crecer inculturándose desde abajo y más
bien ha destacado la lucha armada contra
otras religiones (precisamente en 1492 España
expulsa a judíos y moros de su territorio).
Una de las consecuencias de esto, sobre todo
en el siglo XVI, fue la imposición de la
religión del imperio a todos los habitantes
del nuevo mundo. De hecho es el Papa el que
concede al rey español el derecho a las nuevas
tierras, autoridad sobre los nuevos súbditos
y la obligación de cristianizarlos. Casi
inevitablemente, la evangelización se transforma
en un factor de legitimación de la conquista
y, en muchos casos, de la violencia que ella
implica.
No es ocioso ni mal intencionado preguntarse
si en la conquista de América la fe cristiana
se expande mediante la fuerza, porque en
la mentalidad de la época la empresa religiosa
y la política no podían separarse. Salta
a la vista la diferencia con la inculturación
del evangelio en el mundo greco-romano: en
América Latina no pareciera tan fácil afirmar
que existió una inculturación desde abajo
en las culturas locales, sino más bien lo
que terminó pasando fue la destrucción y
el sometimiento de las culturas indígenas.
Aunque varios sacerdotes y obispos se transformaron
en defensores de los indios (Bartolomé de
las Casas, Antonio de Montesinos) y reconocieron
la presencia de Dios en esas culturas (Semillas
del Verbo), los conquistadores cristianos
y muchos eclesiásticos las despreciaron.
En gran medida la Iglesia oficial se situó
al lado del poder conquistador y aceptó la
desigualdad básica entre los seres humanos
y entre las culturas.
El tema de la inculturación del evangelio
tiene que entenderse en un primer momento
directamente en relación con las culturas
indígenas y no tanto en relación con la nueva
síntesis cultural que emerge de la conquista.
Algunos ponen el acento sobre esta última,
argumentando que para la nueva síntesis cultural
que se crea en Latinoamérica el rol de la
iglesia y de su evangelización ha sido clave,
por su presencia orgánica en toda la región
y por su capacidad de mediación. Para ellos
la existencia de la dominación no es obstáculo
para la constitución de esta nueva síntesis.
Aunque el encuentro entre las dos culturas
haya sido asimétrico, terminó por redefinir
culturalmente a todos los implicados (4).
Estoy de acuerdo con esto, pero el énfasis
sobre la nueva síntesis no debe impedirnos
mirar críticamente el tipo de evangelización
que existió con respecto a las comunidades
indígenas y analizar hasta qué punto la buena
nueva se predicó a partir de sus propias
categorías culturales.
Cuando se destacan las relaciones de mutua
pertenencia y la intencionalidad de comprensión
recíproca entre indígenas y españoles, se
hace en función de la nueva síntesis cultural
que surge y que necesariamente tiene elementos
comunes o compartidos. Pero esto no debe
ocultar las consecuencias de una evangelización
llevada a cabo bajo el amparo y con la ayuda
del poder militar. Aunque haya continuidades
“en el plano del ritual religioso, de la
legitimación cúltica del trabajo y de la
dilapidación festiva de los recursos económicos”
(5), esto no le quita el carácter de “impuesta”
a la nueva religión, no impide el desarraigo
forzado de las creencias anteriores y esto
nos plantea preguntas muy importantes sobre
qué es evangelizar.
Es necesario aceptar que la existencia de
la dominación y la fuerza dificultan una
inculturación desde abajo del evangelio.
Independientemente de su rol en la formación
de la identidad latinoamericana, el catolicismo
que se formó en este encuentro pareciera
tener dos rasgos importantes. Primero, se
trata de un catolicismo de rasgos acentuadamente
cúlticos y rituales donde destacan las devociones
a los santos, las procesiones, las representaciones
dramáticas, los bailes, la música y el canto,
los actos masivos (como bautismos multitudinarios),
etc. Es lo que se ha denominado religiosidad
barroca. En esto influyó sin duda el Concilio
de Trento y las luchas anti protestantes
de la iglesia española. Segundo, frente a
la imposición forzada de un catolicismo basado
en una cultura ajena y más poderosa, surgen
entre los indios las reacciones de simulación
que terminan en un sincretismo popular soterrado
que subsiste hasta hoy. La conversión personal
es reemplazada por el cumplimiento formal
de actos externos de carácter cúltico, que
se funden con antiguas creencias y que permiten
sobrevivir a los indios sin arriesgar un
castigo. En este cuadro surge la pregunta
acerca de si una verdadera inculturación
del evangelio es posible en estas condiciones.
Aquí hay que proceder con cuidado porque
sería exagerado proponer una tesis que negara
el carácter de verdadera evangelización a
todo lo que sucedió en el siglo XVI en América
Latina. Es cierto que en los casos límites,
en los que no se respetó para nada la libertad
de los indios y se les forzó a bautizarse
bajo apercibimiento de muerte o castigo físico,
que tal vez fueron numerosos pero nunca la
totalidad, uno podría dudar de que haya existido
una evangelización propiamente dicha. Pero
hubo también otras formas intermedias que
apelaron a la persuasión más que a la fuerza,
por mucho que existiera un clima general
de presión o intimidación que favoreciera
la conversión. Por otro lado, el carácter
acentuadamente cúltico del catolicismo que
se predicaba, tampoco invalida necesariamente
la evangelización. Es cierto que el énfasis
en el culto externo puede favorecer el ocultamiento
de una falta de convencimiento personal,
pero el catolicismo siempre tendrá necesariamente
una parte ritual y cúltica en la medida que
se dirige a seres humanos que necesitan manifestaciones
concretas de su religiosidad.
Sin embargo, también sería una exageración
proponer la tesis contraria en el sentido
de que la evangelización que existió no tuvo
limitaciones o imperfecciones y se adaptó
perfectamente al ethos cultural indígena.
Una cosa es reconocer las carácterísticas
sociológicas y religiosas que tuvo el proceso
de evangelización en América Latina y otra
muy distinta es darle a ese proceso la categoría
de paradigma o de ethos cultural fundamental
que deberíamos aceptar y seguir sin problemas
en todas sus partes. Es posible y legítimo
preguntarse críticamente tanto sobre el carácter
cúltico y masivo de la evangelización que
se llevó a cabo, como sobre la confusión
que existió entre los intereses del cristianismo
y los del poder político. En otras palabras,
la evangelización que existió durante la
conquista debe ser juzgada no sólo en función
de la creación de un ethos cultural distinto,
sino también en función de las demandas que
el mismo evangelio hace.
Evangelización y valores
Surge la pregunta sobre si evangelizar tiene
que ver con trasmitir valores y si estos
valores deben trasmitirse a una cultura recipiente.
Se hablaría así de la evangelización de la
cultura. Toda evangelización se realiza desde
una cultura, pero su objetivo directo no
es ni traspasar valores a esa cultura ni
controlarla, como ocurrió en la colonia.
Por eso es preferible hablar de inculturación
del evangelio y no tanto de evangelización
de la cultura. Hoy día ya no es tarea del
cristianismo el convertirse nuevamente en
el eje integrador de la identidad cultural
chilena ni en el soporte de un determinado
sistema político o legal. La evangelización
es fundamentalmente un llamado a las personas
y comunidades dentro de una cultura particular
para invitarlos a una conversión del corazón.
Busca que ellos, manteniendo su cultura y
su identidad cultural, y a partir de su libertad,
respondan positivamente a la interpelación
que les hace la persona de Jesús.
Pablo VI en Evangelii Nuntiandi dice que la finalidad de la evangelización
es un “cambio interior”, es tratar de “convertir
al mismo tiempo la conciencia personal y
colectiva de los hombres”. Aun cuando propone
la idea de una evangelización de la cultura,
agrega inmediatamente “tomando siempre como
punto de partida la persona”. Para mayor
claridad agrega “el Evangelio y, por consiguiente,
la evangelización no se identifican ciertamente
con la cultura y son independientes con respecto
a todas las culturas” (6).
Desde la irrupción de las ciencias sociales
de procedencia norteamericana en los años
60, la cultura empezó a ser entendida como
un conjunto de valores compartidos. A partir
de entonces, la mayoría de los análisis de
la cultura latinoamericana iban a adquirir
una expresión sociológica o antropológica,
pero dejaron de ser concretos e históricos
y fueron seducidos por la abstracción de
modelos o paradigmas. Había poco interés
en cuestiones de identidad, pero mucho interés
en la estructura normativa de las sociedades
latinoamericanas. La motivación era clara: averiguar si América Latina estaba por fin
abandonando los valores religiosos y antiguas
tradiciones rurales para adoptar los valores
de la libertad, la libre empresa y el progreso, es decir, si América Latina
estaba avanzando en su inevitable transición
desde la sociedad tradicional hacia la sociedad
moderna.
Ese énfasis en los valores, que empobrece
y deshistoriza el concepto de cultura, se
ha transferido también a la evangelización,
como si el evangelio fuera un código moral
y de lo que se tratara es de inculcar sus
valores a la cultura. Así como a los autores
de las teorías de la modernización les interesaba
saber si los valores modernos estaban penetrando
la cultura tradicional latinoamericana, así
también a ciertas concepciones teológicas
parece interesarles averiguar si los “valores”
cristianos están asegurados en la sociedad
moderna y son compartidos por todos. No es
que la evangelización no tenga un impacto
sobre los valores sociales. Por supuesto
que lo tiene. Pero, como dice Fernando
Castillo, “lo que ocurre con los valores
(su cambio o reforzamiento) es una consecuencia
de la evangelización, pero no es la evangelización”
(7). La evangelización es más bien una invitación
a individuos y comunidades de una cultura
a “una práctica determinada, que el Nuevo
Testamento llama ‘conversión’ y ‘seguimiento’
de Cristo (…) no es la cultura (un sistema),
sino que son personas y grupos (sujetos),
quienes se encuentran con el Evangelio y
son interpelados por este encuentro (…) el
evangelio tampoco es un sistema de creencias
y de valores, sino la historia de un sujeto…
Jesús el Cristo” (8).
Globalización y evangelización en la modernidad tardía
La globalización en la modernidad tardía
supone desafíos nuevos, cualitativamente
distintos, que el cristianismo, a pesar de
su temprana vocación globalizadora, tiene
que aprender a enfrentar. El surgimiento
de la modernidad cuestiona las bases mismas
de la Cristiandad sostenida en el poder político
y por lo tanto desafía una evangelización
más bien nominal propiciada y mantenida desde
el poder del Estado, donde importa más la
adhesión pública a ciertos principios y rituales
que la conversión real del corazón. La modernidad
relativiza el sentido de la autoridad con
la introducción de formas democráticas y
las limitaciones al poder de los monarcas
absolutos. Este proceso se ha acelerado y
expandido con la globalización en la modernidad
tardía. Cada vez hay menos autoridades determinantes
en la vida de las personas, impuestas por
la costumbre o la tradición. Hay en cambio
autoridades a las que la persona elige obedecer.
Se trata de una situación en la cual la gente
ha perdido la protección de las pequeñas
comunidades y tradiciones y se encuentra
inmersa en instituciones grandes e impersonales
donde tiene obligatoriamente que escoger
cursos de acción y estilos de vida alternativos.
Ya no se puede tener la identidad católica
por adscripción o imposición, ahora hay que
elegirla como parte de un proyecto identitario
personal. En la época de la globalización
la identidad personal se construye como un
proyecto reflexivo (9) que implica libertad
de elección, incluso con respecto a la religión.
La globalización favorece y apoya la construcción
de identidades individuales como proceso
reflexivo, al presentar una gran variedad
de formas simbólicas y modelos que pueden
ser elegidos y utilizados como materiales
en ese proceso. La globalización favorece
la selectividad. En el campo de las religiones
las personas entran en contacto con una multiplicidad
de ofertas religiosas. El hecho de que ahora
el catolicismo cada vez más tiene que ser
conscientemente elegido más que “recibido”
sin discusión, hace que el sujeto tienda
a “constituirse en el polo de organización
de su propia fe” (10). Esto puede tener consecuencias
de distinta significación. Una consecuencia
positiva es que el sujeto conscientemente
asume su fe y trata de vivirla por convencimiento
personal, no la asume porque el medio o las
autoridades no le dan alternativa. Una posible
consecuencia de otro orden es que hasta cierto
punto puede producirse una privatización
de la fe y un debilitamiento de los vínculos
eclesiales. El sujeto no sólo elige su fe
sino que también tiende a elegir aquellas
verdades o contenidos de la fe que le acomodan.
La religión ha perdido su posición de autoridad
exclusiva avalada por el poder político y
es ahora una autoridad entre otras. Esto
afecta profundamente al catolicismo. En Europa,
un proceso de secularización acelerada lo
hace perder dramáticamente la adhesión de
las grandes masas en un corto espacio de
tiempo. En América Latina en cambio, si bien
también hay una pérdida de adhesión, ésta
es más gradual y todavía una mayoría mantiene
su fe aunque de manera no muy reflexiva.
Simultáneamente y por esta misma razón, dentro
de la Iglesia se sigue dando una cierta nostalgia
de la situación de cristiandad y se desea
asegurar desde arriba, especialmente a través
de la autoridad del estado, una adhesión
pública a ciertos principios o valores de
carácter moral. Esta estrategia, no ha logrado
alinear al estado, ni ha resultado en una
nueva evangelización de las masas: el lento
deterioro de la adhesión al catolicismo mostrada
por los últimos censos continúa.
Con la modernidad avanzada y la globalización
se va alterando la relación entre comunidad
y persona. El individuo va ganando espacios
de libertad dentro de la comunidad local
y va ampliando sus puntos de referencia a
comunidades más universales a través de contactos
que ya no son directos o cara a cara, sino
que están mediatizados por medios electrónicos
de comunicación. Uno de los factores más
importantes que explican la globalización
es precisamente la creciente mediatización
de la cultura en la modernidad avanzada (11).
Consiste en que los medios de comunicación
están crecientemente moldeando la manera
como las formas simbólicas son producidas,
transmitidas y recibidas en las sociedades
modernas. Los medios de comunicación, especialmente
los electrónicos, van poniendo en contacto
lugares y personas que estaban espacialmente
muy alejados. Esto determina el surgimiento
de nuevas relaciones sociales. Durante la
mayor parte de la historia de la humanidad
las formas de interacción fueron cara a cara
y acontecían dentro de los confines de un
lugar físicamente compartido por los participantes.
Al separar el espacio de lo local, la mediatización
surgida con la modernidad crea relaciones
sociales con otros ausentes, ubicados en
lugares alejados de los contextos locales
de interacción. De este modo la gente puede
ahora interactuar sin compartir el mismo
espacio o tiempo.
Esto significa que la globalización afecta
la construcción de identidades personales
porque pone a individuos, grupos y naciones
en contacto con una serie de nuevos “otros”
en relación con los cuales pueden definirse
a sí mismos. En relación con cada persona
el número de “otros significativos” ha crecido
sustancialmente y esos otros son conocidos,
no por medio de su presencia física, sino
que a través de los medios de comunicación,
especialmente las imágenes televisadas. De
esta manera, para la gente de hoy es habitual
interactuar con otros sin compartir el mismo
espacio o tiempo. En un sentido profundo
esto hace normal y comprensible la posibilidad
de encontrarse con Jesús y de seguirlo, de
constituirlo en modelo de vida, de la propia
identidad. Es lo que muchos hacen todo el
tiempo cuando siguen a sus héroes musicales,
artísticos, deportivos o políticos con los
cuales, probablemente, nunca compartirán
el mismo espacio físico, pero cuya presencia
sienten fuertemente.
La globalización facilita un sentido más
universal de la comunidad religiosa a la
que se pertenece, pero también refuerza el
espectáculo ceremonial televisado como modo
de acceso privilegiado a ese sentimiento
religioso. Puede ampliar la visión, pero
también puede debilitar o sustituir los vínculos
con la comunidad local. En cierta medida
esto ha pasado con la fascinación mediática
por el Papa y la pompa romana, que parece
impactar mucho más a ciertos católicos que
la vida religiosa regular en su comunidad
local. En América Latina especialmente, donde
desde la conquista se introdujo un catolicismo
muy cúltico y de representaciones dramáticas,
la nueva mediatización globalizada que pone
a Roma y al Papa con sus ceremoniales muy
cerca, toca esas viejas fibras y tiende a
reafirmar la tentación de seguir con una
línea evangelizadora de masas mediante el
espectáculo.
El problema es que este tipo de catolicismo
funciona en ciclos breves y más o menos distanciados
y tiende a no permear toda la vida de las
personas porque no siempre implica una verdadera
conversión. De aquí se desprende el desafío
de la nueva evangelización. O se acepta un
esquema complaciente que da por sentada la
fe de los chilenos por tradición o sustrato
católico, o se vuelve a la idea de inculturación
del evangelio, en la que la buena nueva,
para persuadir, convencer y convertir tiene
que inculturarse desde abajo y ya no puede
invocar una autoridad privilegiada ni una
identidad imputada que la garantiza. Ahora
tiene que ser consciente y reflexivamente
“elegida” por la gente.
La propia globalización puede facilitar esto
en la medida que muchos, especialmente los
jóvenes, andan buscando un sentido de vida.
La globalización ha acelerado el ritmo de
cambio en toda clase de relaciones y eso
ha hecho más difícil para el sujeto hacer
sentido de lo que pasa, ver la continuidad
entre pasado y presente y, por lo tanto,
formarse una visión unitaria de sí mismo
y del mundo. Las dificultades producidas
por el cambio vertiginoso y por la compresión
del espacio-tiempo hacen surgir sentimientos
nuevos acerca de lo efímero, caótico y contingente
del mundo, esa sensación personal de desintegración.
La buena nueva, si es correctamente anunciada,
tiene así una oportunidad real de constituirse
en una respuesta, de dar sentido a la búsqueda
de tanta gente.
La modernidad tardía globalizada presenta
grandes desafíos a la evangelización, especialmente
en América Latina. Por un lado, la creciente
mediatización de la cultura puede también
fácilmente transformarse en una mediatización
del mensaje evangélico. Si bien esto da nuevos
medios de expansión al cristianismo, al mismo
tiempo favorece un mayor individualismo en
el acceso al mensaje en la medida que este
se realice por medios electrónicos. Simultáneamente
los medios electrónicos como la televisión
favorecen también el sentido del espectáculo
y tienden a reforzar el elemento cúltico
o dramático expresivo del cristianismo que
ya en América Latina estuvo siempre hiper
desarrollado, en desmedro de una conversión
personal.
Por otro lado, la globalización, al introducir
la selectividad y la reflexividad en la construcción
de identidades personales, favorece la necesidad
de una respuesta personal de conversión a
la interpelación del evangelio. Por supuesto,
favorece también la posibilidad de una respuesta
negativa. La gente puede elegir. Pero para
aumentar las chances de una respuesta de
conversión, la buena nueva tiene que anunciarse
como lo que es, un mensaje de salvación que
invita a un cambio de vida personal dentro
de una comunidad, no como un conjunto de
prohibiciones, principios y valores abstractos,
no como un conjunto de prácticas puramente
litúrgicas que salvan por una eficacia casi
mágica. Cierto, ahora hay más riesgos de
subjetivismo, de manipulación de “las verdades
de la fe” para acomodarlas a la visión del
sujeto. Pero aun con ese riesgo, creo que
es preferible una fe libremente elegida,
más simple en sus expresiones cúlticas externas,
quizás con menos reglas, pero centrada en
lo esencial del mensaje.
Notas
(1) Anthony Giddens, The Consequences of Modernity (Cambridge: Polity Press, 1990), p. 64.
(2) D. Harvey, The Condition of Postmodernity (Oxford: Basil Blackwell, 1989), p.
240.
(3) Fernando Verdugo, “Iglesia y diálogo
en una sociedad plural”, Servicio Nº 250 (Santiago, mayo 2002), p. 13.
(4) P. Morandé, Cultura y Modernización en América Latina,
Cuadernos del Instituto de Sociología (Santiago:
Universidad Católica de Chile, 1984), p.
148: “toda síntesis cultural nueva se produce
en un contexto específico de dominación”.
(5) P. Morandé, Cultura y Modernización en América Latina, p. 149.
(6) Paulo VI, Evangelii Nuntiandi (Madrid: Promoción Popular Cristiana, 1984),
pp. 24-25, Nº 18 y 20.
(7) F. Castillo, “Evangelio, cultura e identidad”,
Persona y Sociedad Vol. X, N. 1, (Abril 1996), p. 134.
(8) Ibid., p. 135.
(9) A. Giddens, Modernity and Self-Identity (Cambridge: Polity Press, 1991), p. 32.
(10) J.B. Libanio, “Globalizaçao e o impacto
sobre a fé” p. 5.
(11) J. Thompson, The Media and Modernity (Cambridge: Polity Press, 1995), pp. 12-20
y 225-248.